“Jardines por cuyos bajos fluyen arroyos”
Sandías rojas rodaban quebradas calle abajo.
Tronaban los tiempos del “cadáver exquisito”
y Adelino, iba camino de su sombra fresca.
No cabía su raudal en un tiesto tan finito.
Y qué había hecho sino cuidar de su anciana madre,
que se abría para tragarlo de nuevo en su vientre.
Custodio noble de lo que habría de ser guardado
para los hijos que vienen: Recordadlo siempre.
La madera era apilada en furtivas campañas
al son de laúdes metálicos intoxicados
con esa negrura del humo que anuncia el fuego.
Pero Adelino ligero entre las espadañas
se había rendido a lo más alto de nuevo atado,
y al mirarse mudas plegarias fueron su ruego.
No hay comentarios:
Publicar un comentario