Un segundo breve lo dejó blanco.
En la cajita nácar encalada,
con su carita frágil apagada
y su juguetillo, que amaba tanto.
No llores Rebeca, deja ese manto.
Las azucenas más lindas, moradas,
ya no sirven si llega esa mirada
que todo trunca con su verde canto.
Dolidos nunca fuimos otra cosa
que caídos de una estrella y luego nada.
Déjame hoy besar tu mudo llanto.
Y no es sino un bello ángel que reposa
con su carita frágil apagada
y su juguetillo, que amaba tanto.
No hay comentarios:
Publicar un comentario