sábado, 18 de diciembre de 2010

El cangrejo violinista (fragmento segundo)

Adentrarse en los pinares es perderse en la seducción venenosa de sus cantos vegetales, pero la tarde, que todo lo puede, ha torcido el rumbo de mi alma, como de tantas cosas y sumisa va subiendo (otra vez), por el Carmelo de tinta verde, junto a lentiscos, espinos y verdolagas.  La brisa salobre los mece borrachos de trementina, doblados sobre sus tallos de faz cansada, y en su sopor van soñando ser copihues que silban coplillas chilenas.  Les suben por la garganta, veinte tonadas de algo parecido al amor (porque qué cosas nos decimos, hermano, sin saber lo que decimos) y una más, que fue naufragio sobre naufragio porque la tuviste y a veces te tuvo, o te tuvo y a veces la tuviste, y mientras la acariciabas sedosa entera, amapola temible toda, interminable ella; te susurraba con la humedad secreta de la traición más honda que no la tenías, que nunca la tuviste, porque a fin de cuentas, qué se tiene sino la tristeza infinita de una canción desesperada.  Luego vino la ola inmensa y el misterio, el magnetismo poderoso como una tormenta donde se arremolinan cielo y tierra y océano todo, salvaje todo, “… en todo”, infinito creador y destructor de todo lo que a tu paso trastocabas.  Pero Madrid se te rompió como un tren en llamas dentro del pecho, y tu casa ardía, llena de flores ardía, vacía ardía y algo cambió para siempre, como cambian las cosas que tuerce la tarde, con ese regusto de sangre que es siempre la misma cosa.  Sangre amarga de la oscura selva, que herida va derramando cantos leves de sirena, sangre indígena, virgen, hermana mía de la otra orilla, de mi otra orilla, de la tuya, sobre la que te orillabas a veces como un torrente de turmalina.  Suben sus cantos en hebras de sangre como melenas desarboladas, sobre espaldas interminables, secuestradas en la impunidad temible de la noche, lanzadas a las alturas más altas, y luego, cuando ya no les sirven arrojadas a un abismo, olvidadas, pisoteadas como flores sin valor, como barro reseco, como aves desplumadas con la prisa furtiva del hombre moderno, ocupado siempre en el quehacer diario de naciones forjadas a fuerza de sangre viva de la tierra roja, ascua de oro, volcánica, que sube por las andinas laderas soñando un vuelo, una cumbre, un alado tiempo que no llega.  Por eso pido el perdón, a ti, Abel, hermano mío eterno en tu florecer rojo de copihue, de clavel varonil, de barro noble  tantas veces traicionado con nuestro correr alocado de almas alocadas, que no saben bien qué hacen, y a veces, casi sin darse cuenta, con la sangre de mi sangre, cainita se despierta.  Pido el perdón por mi olvido, por tu olvido, por el olvido de todo lo inolvidable, de todo lo empezado y no acabado, porque qué cosas olvidamos sin saber lo que olvidamos.  ¿Y qué fue de todo ese vagar por los orientes, por esas flores azules, negras, siempre exultantes, qué fue del hombre infinito que te poseía y te conducía selva adentro a donde sólo tú o sólo él, o ninguno sabía?  ¿Fue todo tentativa, o qué, qué hubo en esa vuelta tuya hacia la  sangre tan repentinamente sentida?, hacia los muertos de uno u otro bando que es siempre la misma cosa. ¿O era tú dolor más dolor que otro dolor cualquiera, que el mío, que el de otro, que el de todos?  ¿Qué hubo luego en esa vuelta a la pequeñez de lo ordinario cuando el dolor se hizo olvido (porque qué cosas olvidamos, hermano), hacia la tumbona negruzca de tu isla de Robinson pasado de fecha, como un Stalin caído, empolvado, envuelto en mascarones arrancados de sus sagrados lugares ahora resecos.  Pero una vez fuimos amigos, a la manera en que se puede ser amigo tuyo, cuando trascendías con tu inmanencia de pantera impura lo que mi alma tanto ansiaba entonces, lo que la tuya,  lo que cualquier alma tanto ansía, porque qué cosas ansiamos sin saber lo que ansiamos. Pero después te echaste a las calles para bañarte en el tumulto, para mancharte, para gastarte, para ser la gran balsa del gran río que bajaba como bálsamo arterial desde la estepa roja de sangre por los caminos resbalosos del “primum vivere deinde philosophari”, para ser el último Mahāyāna oriperlado del pueblo, el becerro de oro del que colgar la guirnalda de azafrán apretado, el último aleo de los últimos poetas más sentidos…  Luego, lo extravagante, lo apolillado, lo antológico que por otro lado es tan comprensible, tan excusable que así fue como poco a poco todo había terminado dejando la puerta abierta a mi olvido, a lo que ganaste o perdiste para que yo fuera lo que ahora vengo de ser, y a pesar de eso sigues ahí plantando como un lanzazo, como esa visita inoportuna con la que uno no sabe qué hacer, porque un día fuimos amigos, porque en el fondo lo somos a pesar de ti, a pesar de mi, de los dos o de ninguno.  Y ahora que ya nada es como antes, os recuerdo como al olivo, cada uno en su orilla, ni oriental ni occidental, desde un punto intermedio entre la torre de marfil perfecta y la sensualidad fugaz de la uva, lejanamente cercanos, abrazados imposiblemente como se abraza todo lo grande, todo lo que importa de veras, restaurados, complacido y complaciente. 

sábado, 4 de diciembre de 2010

El cangrejo violinista (fragmento primero)

El cangrejo violinista
Por la lengua lamida una y mil veces paseo mi alargada sombra, lamiendo lo que del día ha quedado.  Observo observado, una y mil veces desde la arena jugosa, chorreante, un emboscado ejército con sus quelas cual bandera, como fantasmales presencias que acompañaran “molto vivace”, en sinfónica burla,  un deambular errático de pensamientos leves.
La bajamar misericordiosa, como siempre ha traído sus regalos esparcidos aquí y allá; sin echar cuenta: Eh! , hombres, ¿es que no seréis agradecidos?  Vida, afloraciones, detritos y restos de vidas pasadas ahora muertas, muerte.  Muerte de vidas vividas vívidamente, vida a partir de la muerte, banquete servido sobre bancos de cieno de lo que ha muerto en poema de muerte, sobre el lodo.  “… en todo”
¿A esto es a lo que he venido: a escuchar tu poema que es tan mío como tuyo, como de nadie, como un sol, como este sol solitario que se aferra a las barcazas ahora apagadas?  Mira tu sol.  El sol que solías beber orillado frente  a la vastedad oceánica ante ti desplegada.  Míralo hoy desangrarse, Titán herido, sobre las aguas que tú gozaste primero, como un hermano mayor, preguntándote también que a qué habías venido.  Mira este poema de aguas cambiantes,  esta confluencia de aguas, dulce y salada, que se tocan pero no se traspasan, como nosotros fluimos sin traspasarnos atrincherados entre el tú y el yo.  ¡Qué tristeza tan grande, vivir aún en los pronombres!  En estas aguas antiguas sembradas de caracolas, de prodigios, de lo profundamente ignorado, el Verbo aún  reverbera a quien lo quiera escuchar reverente.  (Sé…). Se oye un grito oscuro en el fondo luchando por abrirse paso, alarido tras alarido.  (Sé…) en poema de vida, en eclosión de mundos de agua sumergidos hondamente.  (Sé…), antes de toda agua, antes de toda tierra, antes de toda muerte primera.   Y he aquí el milagro asombroso, el signo claro, el decreto inquebrantable: un niño nace llorando, bermellón, coloso desplegado.  Suspendido en el aire inhala su primera bocanada.  Mana espumosa la sangre de un  cordero degollado sobre el suelo, caliente aún, exhalando confuso su último hálito de vida degollada.  Extinción insondable de la pleamar divina.  Pleamar penetrante de velos inundados, de vida directa ya a su fin prescrito.  En cada frente, en cada aliento, en cada pulso ondea breve el cuchillo de filos fríos, el caduceo sagrado que hiere de vida ardiente lo que nace ya hacia la muerte fría.  Y todo este fragor de espuma está ahí mismo, frente a estas casas encaladas de sol, de sal, sencillas e intemporales.  Se representa ante ellas incesante, el drama cotidiano de la Vida verdadera, inaprensible, y yo, como antes tú, hermano mío, me siento perdido: espectador ajeno, perplejo, como un adámico turista en su primer día de residencia en la tierra, tan en medio de ninguna parte como en medio de mi Tú aleas.
Adiós tropel de tenazas, -Adióoooooooos! giran mis manos al aire como aspas de molino encantado, agigantadas de repente, manchegas.  Y el eco desde la arena, me saluda siempre raudo,  alerta, con sus diminutas manos de cal bermeja.  Guardaré mi lápiz bien al fondo, no sea que tu poético encuentro enturbie aún de rencor su memoria cicatera. No temáis otra cosa de mí de momento que mi torpeza, o la envidia del alma errante, del que ya no tiene casa, ni nombre, ni poema.  Adiós casas blancas, gregarias de sinfónica silueta; quisiera dejar atrás faros altos como lunas, como naves, como velas, grandes como preguntas de humo blanco que se elevara sin rumbo, sin respuesta.  Nuevo mundo.  Gran palabra que suena a exotérica promesa mientras cruza la marisma un verde anhelo de menta: son los pinos que se asoman por la húmeda vereda.  Pinta, Niña, Santa Maria, -Adióoooooooos!  Carabelas de ilusión, vuestro timón va dejando estelas de letra muerta por los mares doctrinales.  Mi sombra os va saludando amarrada a la escollera, con un pañuelito blanco para enjugarse las penas.  Pero a veces, este consuelo mío me resulta tan querido, tan necesario… que se me estanca en el pecho, y quisiera quedarse muy dentro, como una visita inoportuna, y hasta se me olvida a veces el porqué he venido aquí.  Es un consuelo éste mío, que ni contigo ni sin ti, como la cáscara sedosa del avellano: una especie de debilidad aquí plantada como un lanzazo que según dicen los viejos no se debe de tocar.  Cáscara de concha de nave que lleva su perla dentro de avellanado coral enfundado de muaré.  Van las naves trinitarias entre aromas de canela y lagrimitas de limón con saborcito agridulce: se vaciaron sus bodegas, (repletitas de café).  Avanzo, no avanzo.  Voy pantaneando por la hora pantanosa del adiós, ladea un cangrejo la ladera enlodada de una duna.  De lado a lado se me figura un toro de eterna frente pinzas en alto, torpe como una excusa a destiempo.  La vida entera se vuelve marisma de fatiga, un cordón umbilical infinito de parto infinito que no me deja acudir puntual a mi cita en los huertos de getsemaní.  A la hora huérfana de padre y madre, a las cinco en punto de la tarde, solysombrea la duda sobre los tendidos del alma.  Sobre toro y torero. Sobre el estanque oscuro da quinta das lágrimas. Sobre la media luna del cuerno amarfilado.  Sobre el recto sendero que hiende el aire de rayo acerado.  La duda solysombrea.  El aire mismo se detiene, se cuaja, tornado ausencia presente, mágica chispa inefable, como un lazo áspero sobre la muda garganta que se rompe al decirlo (adiós): Entre tanto, mi verdad ignorada aún, navega por otros mares (donde tres son multitud).  Cangrejo de la marisma que tocabas el violín, que sabías los secretos que escondían la mareas: ¿Soplará el poniente un día sobre el blanco de mis velas?  Yo: ya no yo, transfigurado: yo-cangrejo, yo-Palabra, yo-Poema.