La vajilla era inocente y preciosa.
Las copas, los vasos abandonados
bajo la lluvia de isótopos fugaces,
descansaban ahora tan livianos.
Como después de un pomposo banquete,
removidos de sus centros, ajados.
Constelaciones de cristal al agua
que no pudieron huir, sin más trizados.
Fragilidad en los bailes nipones,
las gasas, los farolillos pintados,
eran como juguetes que se caían
al compás de verdosos megavatios.
La casita de cristal, tan bonita.
Granaba, la cabeza entre tus manos
se fue, y no digáis que fue verdad:
sonó un gong y todos nos despertamos.
INCREIBLEMENTE BELLO.
ResponderEliminarincreiblemente bello
ResponderEliminar