“quítate las sandalias”,
“Yo soy el que soy”,
“Yo soy el que …”,
“Yo soy el …”,
“Yo soy…”,
“Yo…”
Y es que ya no se puede ir así por la vida hombre, pero para ti, nada de eso tenía la mayor importancia, porque estas llagas te eran sabrosísimas, y todo lo sobrellevabas con santa paciencia no exenta de queja y “zelo” (zelatus sum …”). Poéticamente incorrecto, secuestrado, juzgado y condenado por el alto tribunal defensor de la ortografía y buenos usos de la lengua en tiempos de Felipe Sega, huido y asilado al tercer día en las embajadas encaladas del sosiego hospitalario. Si, tú estabas prevenido en este irnos de lo que nos llega, estabas prevenido y no te sentías nunca tan cerca como para asir, ni tan lejos como para desesperar y quizás por eso, desde las urnas pulcras que guardaban tus hijas pulcras, en ese silencio pulcro tan noble que a veces puede oírse en Sanlúcar, me decías entre tachones y primores que no le diera importancia a esas cosillas, porque a fin de cuentas: “si venerit ad me, non videbo; si abierit non intellegam eum”, pero nunca te hice caso, nunca te hacemos caso, nunca hacemos caso. Sanlúcar... Sanlúcar fue para mí un manto caritativo de sal y flores y pasé tan raudo por ellas que apenas me di cuenta si el perro tenía rabo o si Ramón Ramírez se lo había cortado, perdido entre el bullicio de los tenderetes de la plaza de San Roque, aledaña a la calle Bretones. Si, había viento rezumante por sus calles, como queriendo desatarse hacia el mar, como queriendo tumbar urbanizaciones ilegalmente legales, ingrávidas en un rápido galope de corceles matinales, cascos chispeantes, jadeo, la nube de la polvareda... pero no sabían decirme lo que yo quería, y preguntamos a la cigarrera, a la gitana y hasta a las puertas rojas de barbadillo pero nadie sabía nada, nadie conocía la bodega oscura donde se adobaba el vino. Bajaban las aguas tranquilas hacia la bahía, flotaba en ellas el cadáver de un ahogado (¿de quién?). En el pueblo se van encendiendo las luces, y un ave con alma de pino canta libre sobre los cafetales (¿de quién?). Un cangrejo de trapo, pasea taciturno dolorido en su oquedad sin saber ya ni a lo que había venido, ahí va, de lado a lado de uno a otro solsticio. Se encontró las puertas entreabiertas y le da un poco de cosilla: solisombrea al arrimo de unos pinos verdioscuros que canturrean como un coro (del barrio “… dejarte del todo.”
Y la luna verde se asoma al barandal de las cañas, la noche que tú soñaste oscura, como un eco fino de nácar y añade:“… en todo.”
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