lunes, 21 de febrero de 2011

El cangrejo violinista (fragmento quinto)

Y en qué ocuparemos este pasarnos raudos de principio a fin, en qué, con qué, con qué se rellena esta oquedad palpitante de cangrejo que ni de tierra ni de agua, con qué.  Ah, si tú, tú lo sabías más que yo, con esa sabiduría que sólo nace de la necesidad última, con ese estandarte solemne que se regala en el clamor que viene de adentro, pobre, como los semblantes cobreados de los faquires más livianos, infinitamente pobres, infinitamente adelgazados más que yo.  Y así pasabas tú raudo en tu vuelo, envuelto en esos mantos de color café, adelgazado también, y te llamaban cariñosamente “medio hermano” porque en tu pobreza no llegabas sino a la mitad de todo, al término justo, porque como dicen los de Estagira, no hay virtud sino en la mitad de todo, ahí, ahí donde el corazón se conoce a sí mismo en su misma mitad desnuda, ahí donde dice ¡ay!, ¡ay!, ¡ay!, y brota una seguiriya malva.  Y como eras solemnemente pobre (pobre por dentro, pobre-oro, y pobre por fuera pobre-plata), mira a qué te comparo en tu preñez de nueve lunas y treinta y una estrofas cuando dijeron desde lo alto de sus zapatos abrillantados con betún de judea: “has hecho algo inaudito, tu padre no era un maleante, ni tu madre una ramera”, y es que olvidaron ,entre tanto pergamino, que el viento sopla donde quiere, que siempre hace lo que quiere, y que soplará y soplará y derribará las urbanizaciones que no estén edificadas en terreno urbanizable, piedra sobre piedra, por muy recalificadas que estén desde algún consistorio municipal costero, de esos tan amigos de sus amigos, espantapájaros vendedores de paja, corazón de paja, ojos de paja a la caza de más paja en los ojos ajenos.  Si, cuesta creerlo, pero ese es el poder que tienen las Palabras, pino coronado  (¿eres tú el “pino de la corona”?), y por eso te arrojaron colina abajo creyendo tapiar todas las rendijas, por eso quisieron hacerte inaccesible como al minotauro abominable en el zulo que tú soleabas llameando ascuas vivas.  En vano cortaron todas las amarras y te acusaron de querer andar descalzo por las calles, como quien vaga por un valle de zarzas ardientes que no cesan en su rugido “sonoroso”:
quítate las sandalias”,  
Yo soy el que soy”,
Yo soy el que …”,
Yo soy el …”,
Yo soy…”,
Yo…
Y es que ya no se puede ir así por la vida hombre, pero para ti, nada de eso tenía la mayor importancia, porque estas llagas te eran sabrosísimas, y todo lo sobrellevabas con santa paciencia no exenta de queja y “zelo” (zelatus sum …”).  Poéticamente incorrecto, secuestrado, juzgado y condenado por el alto tribunal defensor de la ortografía y buenos usos de la lengua en tiempos de Felipe Sega, huido y asilado al tercer día en las embajadas encaladas del sosiego hospitalario.  Si, tú estabas prevenido en este irnos de lo que nos llega, estabas prevenido y no te sentías nunca tan cerca como para asir, ni tan lejos como para desesperar y quizás por eso, desde las urnas pulcras que guardaban tus hijas pulcras, en ese silencio pulcro tan noble que a veces puede oírse en Sanlúcar, me decías entre tachones y primores que no le diera importancia a esas cosillas, porque a fin de cuentas: “si venerit ad me, non videbo; si abierit non intellegam eum”, pero nunca te hice caso, nunca te hacemos caso, nunca hacemos caso.  Sanlúcar... Sanlúcar fue para mí un manto caritativo de sal y flores y pasé tan raudo por ellas que apenas me di cuenta si el perro tenía rabo o si Ramón Ramírez se lo había cortado, perdido entre el bullicio de los tenderetes de la plaza de San Roque, aledaña a la calle Bretones.  Si, había viento rezumante por sus calles, como queriendo desatarse hacia el mar, como queriendo tumbar urbanizaciones ilegalmente legales, ingrávidas en un rápido galope de corceles matinales, cascos chispeantes, jadeo, la nube de la polvareda...  pero no sabían decirme lo que yo quería, y preguntamos a la cigarrera, a la gitana y hasta a las puertas rojas de barbadillo pero nadie sabía nada, nadie conocía la bodega oscura donde se adobaba el vino.  Bajaban las aguas tranquilas hacia la bahía, flotaba en ellas el cadáver de un ahogado (¿de quién?).  En el pueblo se van encendiendo las luces, y un ave con alma de pino canta libre sobre los cafetales (¿de quién?).  Un cangrejo de trapo, pasea taciturno dolorido en su oquedad sin saber ya ni a lo que había venido, ahí va, de lado a lado de uno a otro solsticio.  Se encontró las puertas entreabiertas y le da un poco de cosilla: solisombrea al arrimo de unos pinos verdioscuros que canturrean como un coro (del barrio La Viña):
“… dejarte del todo.”
Y la luna verde se asoma al barandal de las cañas, la noche que tú soñaste oscura, como un eco fino de nácar y añade:
“… en todo.”

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