sábado, 22 de enero de 2011

El cangrejo violinista (fragmento cuarto)

Recuerdo que yo era entonces un hombretón torpe, un miope con dieciséis dioptrías de sufrida franela que iba poniendo tiritas a un mundo que se resquebrajaba sobre los pasillos del Manuel Reina.  Alguien que se asía a la rabia a golpes del ...And Justice For All”, rodeado siempre de amigotes con la  camiseta negra, presumiendo de lo que no teníamos, destartalados, como eucaliptos greñudos de mal pelaje, cortados todos por la misma tijera destemplada y contestataria.  Y allí estaba yo, “sin dueño, entre las ortigas, piedra por pulir que brillaba” por las tardes sentado en mi templo silencioso, ojeando lo que mis dioptrías siempre sedientas me permitían (que era poco, siempre es poco) y así fue como te conocí, porque estabas ahí, tan desangelado, tan necesitado de asirte a algo, tan negruzco y carbonizado, que me parecía estar mirándome en un espejo cuando te leía, 11x18 tapa dura repujada grana sobre oro, a devolver en una semana, y enseguida fuimos amigos y te llevé conmigo por entre los pinares, y por las dejadas riberas de aquella miope adolescencia.  Yo te llevé conmigo, como quien lleva un tesoro, como quien lleva un estandarte en secreto, plantado en el alma como un lanzazo porque es que siempre hubo en nosotros esa afición al malva, esa tonalidad tan extraña que resulta de pasar las tardes mirando lo que no puede verse, lo que no puede decirse, con esa cara de huérfano o de bobo tan característica entre los marineros de tierra adentro y que resulta tan graciosa a los transeúntes, que los dejan pasar mientras van maldiciendo a diestra y siniestra como si les faltara un brazo, o como si hubieran perdido una arboleda y sólo les quedara la dudosa gloria de poder evocarla vagamente.  Porque quién conoció el malva mejor que tú, dime, quién.  Quién mejor muerto que tú en vida, con esos ángeles agrios revoloteando como murciélagos cenicientos sobre tu silueta porteña que se transportaba al infierno como tú mismo me decías: sin moverse ni cambiar de postura.  Infierno y cielo están tan cerca…  Pero quién, quién mejor ángel caído que tú, desenterrado del mar malva y del cielo malva que tanto amamos, ajenos al canibalismo honrado de las ciudades a las que no quisimos venir, pero ahora todo se nos cuela por los ojos a poco que nos descuidamos.  Quién: … puede que yo.  Si, también yo era un tonto, ya lo he dicho, y lo que hemos visto desde entonces nos ha hecho dos tontos o cuatro o muchos mucho más tontos,  pero es lo que tocaba ¿no?, y fuimos tirando con lo que había, apegados al número y a lo que emana de las bodegas: otro café para hacernos un poco más navegables, sumisos (¿o esperanzados?) en las promesas, y aunque no encontráramos maestros que nos dictaran los fonemas en la pizarra del viento, aunque nadie comprendiera bien qué era aquello que nos faltaba para completar la cuenta, (ni nosotros mismos lo sabíamos) nos gustaba pasear “con las blusas bien hinchadas al llegar a la escollera”, buscando siempre alguna pista sobre el paradero de la estrella polar, por las callejuelas de una judería que nos resultaba siempre tan enigmática como acogedora.  Sí, nos gustaba llenar el pecho del aire ajazminado de la ciudad, condecorarnos con él, o pasar la tarde tomando caracoles y arreglar el mundo de pasada, disfrutando como disfrutan los chiquillos con nuestra frágil libertad univesitaria recién salida del horno.  ¡Ay!, la ciencia de las mareas.  Y la plegaria fue escuchada y vino el Ángel que era una niña morena (“y ágil”), con su sombrero comprado en Londres y su tercero de piano no acabado y todo se volvió más claro, todo más claro.  Y salíamos a pasear vestidos de verde y nos recogía la luna y yo volvía a mi casa y todo estaba en su sitio, y mi madre que me espera siempre, nos abría el camino quitando todas las malezas del camino, con sus ojos malva, con sus manos malva, con sus puñales malva bien clavados en el alma, porque las madres esperan siempre y ellas mismas se vuelven malva de tanto esperar.  Ese fue el tiempo dulce que nos hizo florecer aceitunas, cuando rompíamos a pedradas las urnas del cielo nocturno para robar sus constelaciones más altas y nuestros ojos se llenaban al mirarlas, y hubo cine y palomitas y un día quisimos viajar y ver el mundo y olvidar el porqué habíamos venido.

Fue en la edad del hierro, era verano, y mi Ángel dijo vayamos a Sintra, se está bien y quiero enseñarte algo, y anduvimos por entre las hortensias más tiernas, perdidos, gozosos, absorbiendo su azul.  Y el océano mientras, era un coloso, un pequeño “enfant terrible” dormido entre las brumas que se desparramaban ladera abajo.  Fue cuando la tierra nos tragó y nos hizo morir y girar en círculos, y la luz luego nos dio poder para andar sobre el agua a grandes saltos, y volver a nosotros con las manos vacías, como si nada.  Pero ya todo era una pregunta. Una larguísima pregunta como una cobra enroscada alrededor de mi cuello, alrededor de mí, como si fuera yo mi propio punto, otra vez ahí.  Y mi Ángel no sabía, ni sus ojos de color extraño lo sabían, y entonces supe que debía marcharse porque su tarea había acabado y me dijo no estés triste, te dejo mi trébol de cuatro hojas y mi casa, para que duermas en ella y una foto con mi corazón palpitante y con fuego encendido dentro, para que estés calentito y no me olvides.  Las cuidaré siempre, le prometí solemnemente.  Llegaron cartas de pueblos antiguos, mapas con mucho polvo y relatos legendarios que nos hicieron caer del caballo de Troya que nos dejaron Watt y los suyos. Y con el pasar lento de los días descubrimos que ya había una semilla plantada en nuestros oídos que hablaba francés con fluidez matemática desde los deltas verdes del Nilo. Su voz paciente y precisa nos habló de la geometría perdida de las auroras y de la vuelta cíclica de las palomas mensajeras a su palomar de toda la vida, a su palomar de siempre, y todo lo hacía sin extenderse en consideraciones que inevitablemente lo harían ir demasiado lejos del tema que nos ocupaba.  Si, la confluencia de las aguas nos fertiliza siempre, nos hace mirar una y otra vez el paso lento de las lenguas líquidas que lamen verdes la arena.  Y de repente extiendes las manos y nada pesa, y ves bailando a Shiva Nataraja sobre ellas, y comprendes su baile sagrado en toda su grandeza terrible que en realidad no comprendes, porque el aroma de la ceniza sólo te llega a la lengua y no baja más, porque resulta tan agrio…  Sí, tanta luz de golpe ciega, pero es sin duda ese sabor lo que nos impulsa a seguir la búsqueda de la suma que no resta, ese límite al que tendemos desde nuestra arquitectura de istmo sin poder cogerlo, sin poder tocarlo (tócalo Tomás!, tócalo!).  Es esa caída y no otra la que nos hace sentir tan huecos que vamos preguntando a todo el mundo ¿Adónde te escondiste…”, tan deshabitados, tan pisoteados como estos interrogantes cangrejos violinistas, que pisaste por certificar tu horror al vacío (es lo que tiene ser el hermano mayor), que pisamos ahora y seguiremos pisando luego, en aquellos deltas de la Florida, que son estos deltas del Rompido, que es Sitges (decid si por vosotros ha pasado”), que es todo la misma cosa.  Como cuando mi abuelo Q.E.P.D. dijo: - Déjame ver cómo…  y tú le decías: -¿Acaso no crees?  No, que va, es sólo para quedarme tranquilo.  Siempre es la misma cosa cogemos los pájaros despedazados y a esperar que vuelvan junto a estos deltas, marismas, aguas que nos enseñan siempre lo mismo, porque siempre es lo mismo.  Siempre es lo mismo: y entre tanto, te apuntas a algún club por aquello de que “no es bueno que el hombre esté solo” y te dan la tarjeta, el carné de paloma sin alas y tú vas por la calle deseando que alguien se te acerque, pero en lo más hondo sabes que no, que nada ha ocupado el hueco, que sólo le has puesto otra funda más.

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