jueves, 13 de enero de 2011

El cangrejo violinista (fragmento tercero)

Adentrarse en los pinares fue perderse sí, ya lo sé, y qué es la vida sino un perderse poco a poco, un día se da un pasito por la tontería más grande, otro día otro y otro, y otro…  y así casi sin darse cuenta un día se nos caen las alas y olvidamos de pronto el porqué hemos venido, y con suerte, sólo nos queda el malva de una tarde, un rescoldo que ya se apaga humeando unas nubes pedigüeñas que van gritando el espanto:  “el arte ha muerto, el arte ha muerto, el arte ha muerto”.  Y qué más da, si, ya lo sé, que tú ya me lo decías con tu rumor de mil alas de jade bajo el oro vespertino, como un oráculo, como la abeja zumbando.  Tú, tantas veces transitado, tú, patrono de todos los pinos, de todos los pájaros y de todos sus nidos, singular en tu arquetipo que no pasa, como un eje vigoroso de cristal transparente, (¡ay, la transparencia anhelada!), siempre más sobrio e impermeable al dardo húmedo, ese doloroso rostro que tanto enturbia nuestras miradas, amantísimas todas del camino fácil de botellas luminosas y del balar acelerado:
“para venir a donde no sabes,
Has de ir por donde no sabes”
Porque qué cosas no sabemos, aún sabiendo que no las sabemos, y por dónde vamos chacho, por dónde vamos, sin saber por donde vamos.  Pero así somos,  tiramos del carro refulgiendo, bien derechos, catedráticos de la provisionalidad, absortos en el paso fugaz de los  modelos matemáticos, con esa materia fría y oscura que tanto nos intriga, tan sedados, que se nos olvida mirarnos de vez en cuando otra cosa que no sea nuestro ombligo y  confesar algún pecadillo, algo de poca monta como lo que echamos por la borda haciendo colas en la caja de algún hiper, o lo que arrebatamos a la flor más tierna en su soñar primero, para luego apilarla entre los celofanes recónditos de un todo a cien.  ¡Oh mundo mío!, alégrate que ya estás parametrizado.  Salgamos a celebrarlo a lo largo y ancho de nuestra perfecta ignorancia, aunque luego una noche cualquiera, los dedos se estiren hacia la fábrica de los sueños y ya no haya nada.  Y sólo te salga al encuentro una luna grande de diazepan que te abraza, y que te acuna entre sus senos como una madre suave, y entonces te digas a ti mismo: ¿por qué no?, y te dejes ir cuesta abajo sin importarte ya que sólo haya sido eso, un sueño, uno malo, uno de esos que termina resquebrajando la muralla siempre por abajo, un sueño decorado con mármol de tumba finísimamente pulido que te canta indiferente (o no tan indiferente) como un chamán sibilino en trance extático: "cada quien su propio demonio".  Gracias pero no, para qué abrir esas puertas si tus ojos no saben (o no quieren) ver ya ese rostro que tanto hemos olvidado, si sólo quieren hundirse por el lado oscuro y disolverse, atravesar el umbral rodando por la autopista en dirección contraria a todo trapo...  Siempre la prisa…  Gracias pero no.  Así no.  Por eso quizás a eso he venido yo, tal vez.  A confesar… aquí entre amigos, que he vivido, yo también, o que lo intento, o que sólo he soñado que vivía soñando, y que una mariposa verde era.  Verde, verde, verde… siempre verde.  Verdeola fue volando un verde de caracolas.  Verde viento, verdes ramas, ni el barco está ya sobre el mar ni el caballo en la montaña; mi verde nunca fue el verde tuyo, aunque venga de Granada.  Vestidos de verde antiguo, de las historias sagradas de los romances escritos con las palabras de plata.  Buscaba la sabiduría en el encuentro de las aguas, el del cayado sublime y el de la verde mirada (sin saberse comprender) dos cangrejos se observaban: ¿Qué será lo que lleva el verde hasta el borde de mi alma?  Jeroglíficas preguntas… (para las que no tendré paciencia): ni la nave rota, ni el muchacho muerto, ni el tesoro que se esconde tras las secretas dovelas.  Pero qué se le va a hacer, chacho, si a mí también me fusilan diariamente los silenciosos lugares, la negrura de pez negro que pueden oler los neoyorquinos que se afanan en los muelles, o incluso el blanco derretirse de los témpanos del hambre sobre unos niños asustados que nos gritan ¡Eli, Eli, lama sabachthani!”.  Mi verde no es el verde tuyo, pero no te nubles hombre, ni te aloques, aguanta… no ha menester ponerse trágico,,, sé un hombre! (Sé…) un hombre de verdad (como Dios manda), y entonces ya no habrá más … , no habrá nada roto y el barranco volverá a florecer lirios silvestres, cardos y flores livianas, y entonces yo te invitaría a pasar a mi casa, a tomar un poco de café, pero claro te dieron tanto, tan frío y tan de madrugada, que es posible que esto no te resulte muy hospitalario.  Tú preferías la miel azulona del romero y la albahaca recién regada con agua fresca del pozo abundante de tu casa.  El pozo del amor infantil que enjalbegabas con la blancura inmaculada de la almohada donde vivías siempre bordado.  La bendita huerta… Pero se hizo de noche y el niño tuvo miedo de la luna inmensa y su mamá no vino a cantarle una nana o a cogerle la manita a tiempo, y quizás por eso se echó al monte al trote de jacas poderosas y todo fue huida entonces, y presentimiento frío al compás de la siguiriya.  Y qué distinta fue tu huida de la mía, (o no tan distinta en el fondo) entre claveles apuñalados y fatales rascacielos hechos añicos desde donde te miraba siempre la de verde, la de los pies mojados, la que siempre te esperaba y que no te dejaría llegar nunca a tu Córdoba, a tu dorada Córdoba, a las cinco en punto de la tarde.  No, definitivamente el barco no está ya sobre la mar, ni el caballo en la montaña, mi verde nunca fue el verde tuyo, compañero de batalla: mi verde es un oleaje terrible de verdeagua, un agua de verdevida, ¡mi verde es ésta marisma!: fluir inmenso sin lugar para lo trágico que tanto nos espanta, fluir inmenso alejado de la inercia de lo inerte, y qué inertes estamos, cuánta inercia aún en nuestro prodigioso ir eléctrico a quién-sabe-dónde, tan aferrados a nuestras cosas pájaro-en-mano, tan dolidos, tan dolientes…  Quién nos dirá chacho, quién, si las letras son siempre grises, apretujadas hileras grises de signos, de cifras, de transvases crípticos demasiado gastados o demasiado arrimados al ascua de la sardina más sabrosa, y mientras, la vida verde se escapa por el verde de la senda. Y es por eso sin duda, que también aquí yacen entre estas teselas de verdor furtivo que se me vuelven grises en cuanto aparto mi mano de ellas, retazos de mapas mundi, tesoros de otros poetas, cosas que ni yo mismo sé bien qué son, y quizás un poco apagadas, un poco malva como la perla que se echa tanto de menos, nostalgias de marinero que soñaba con la escuela.

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