La brisa a favor lo alentaba sobre la nivelada superficie.
Era la Infinita voluta que medían acompasados los pasos.
El corazón en su ritmo.
Era la lucha.
La lucha ya perdida.
La lucha siempre perdida de antemano.
Y enfrente el tiempo,
que se alza como titán o como un dios anciano.
Y otros se aferraban aún más,
entregados con fervor a la competición.
Atentos sólo a llegar los primeros.
Oponente otro,
hermano otro.
Siempre habilitando el torneo.
Y el juego de los colores, las posibilidades.
Tú que me creas con la sombra.
Que haces nacer la matemática,
la balanza y la flecha.
Tú que orbitas conmigo
¿No echas de menos como yo echo?
Se dejaba ir con cada vuelta.
Sabiéndose más rendido,
nublado,
su centro ya a la vista.
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