sábado, 30 de octubre de 2010

Los higos

 

Luz de mañana despejada, amplitud, ganas de trabajar, de seguir el camino y encontrarse, de saludarse con alguien: - buenos días, - buenos días.


Una luz inusual se regalaba a chorros de imposible azul limpio.

El juego de la arboleda la vestía de verde intenso, de lima fresca, de limones dorados al cuidado de su propia benevolencia.

Dos mil noventa y cinco días jugaban ensimismados, de un lado para otro con la inconstancia propia de los chiquillos, afanados, llenando de estruendo la mañana fugitiva.

O era ella la que jugaba con nosotros, como casi siempre solía hacer, con su sonrisa meandrosa de río al que no puedes volver.

Y tú la habías anhelado secretamente, como el devoto anhela el día de la fiesta, con el pálpito apresurado del amante que anhela la desnudez primera.

Y ahora está aquí, ahora que es ahora, ahora que apenas ya no lo es y no lo será ya más, ahora que es todo y luego que es nada.

Tan pronto nada.

Fue ella quien te susurraba descarada: La perfección no es otra cosa que un despreocupado jugar.

¿Cómo no ver la plenitud que se te brinda desde todos los ángulos, a cada momento, incesante, abarcante?

Plenitud presente goteante, perlas frutales, constelaciones extraídas de la hondura de la noche del secreto, gratitud verdeoro de dulce melaza que ya se va.

Tan fácil como extender la mano y sentir la pureza primigenia.

¿Cómo podría tu ciencia alcanzar algo parecido?, algo tan rotundo y lleno, algo que no esté tan envenenado, tan amañado…

Y si es verdad lo que afirman, que traigan algo como esto, pero no, no lo harán.

Ni aunque se aliasen por una vez, sus lenguas, sus manos y sus mentes.

No podrán hacerlo.

El dinero, ese será su refugio, querer comprarlo, querer comprar todo, querer comprar cualquier cosa, creer en su poder soñando como sueñan las arañas en sus telas, colgadas del viento que las mece suavemente aún.

Comerciar, atesorar, retener: calles tortuosas ensombrecidas de porcentajes, de las que huir sin mirar atrás.

Calles donde nunca lloverá otro maná que la ceniza ardiente directa a la entraña tierna, el blando blanco del gusano implacable, insaciable como insaciable tu mirada.

Déjalo ir pues, o mejor aún ve con él inalcanzable tú también en tu lugar.

El lugar que siempre fue tuyo.

Placentera paz de dar lo que se recibe, transparencia, ir con ello, inalcanzable como un pasar de mano en mano.

Una mano extendida, nada más, nada menos.

Cadena de extendidas manos.

Cadenas, cuerdas, corazones.

Filas de rostros postrados avanzando en la noche transparentes en su irse serenos.

Si tan siquiera pudieras ir con ellos en su singularidad solidaria y transparente, con ellos más allá de ellos mismos.

Contigo más allá de ti.

Más allá del dónde y del cuándo.

Pero ahora no.

Todavía no.

Ahora vuelve a tu cama cálida como un Ulises inédito, tan ajeno al oropel  esquivo de todas las Ítacas como del desubicado mediodía mediocre dublinés.

Porque la verdadera cuestión nunca fue si ser o no ser, sino más bien, Ser y seguir siendo, sin dejar de ser.

2 comentarios:

  1. Muy bueno. Y muy interesantes las alusiones.
    Un abrazo.

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  2. Amigo José:
    esto que escribes es tan nabokoviano como haikuista (no sé si existe este adjetivo). Lo uno por el nivel de conciencia, aceptación y darse cuenta de todo y de ser uno; lo otro por el contacto con lo sencillo -que también complejo- del mundo, por lo que pasa ahora, en este instante (que, efectivamente ya ha desaparecido mientras tecleo para pasar a otro).
    Todo está conectado, lo que hablamos y lo que escribimos.
    Un abrazo.

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