Solía recomendarle que se mantuviera
paciente
en el buceo, las largas zambullidas
siempre preclaras:
ni demasiado prolongadas,
ni distantes
Así era debajo de su barba aún escasa,
escaso aún pero
gastado lo suficiente
cuando aquella tarde abrió su pecho,
su casa y sus brazos capaces.
Y tenía una campana con la que sabía
consolarle.
A través de los pasares venideros,
más allá de la moda, de lo cotidiano,
y en ello.
¿Pero que sabía aún de los pequeñines
agazapados en los travesaños?
¿Qué sabía del anudarse que silenciaba
Aquello que parecía pan comido?
En tanto las torres los esperaban
atronando silentes sus nombres,
su nombre,
ningún nombre.
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